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Lo que se dice un 9

Ni piloto ofensivo, ni media punta. Un 9. Gerard Müller fue lo que se dice un 9. De los que llenaron plenamente la casaca que lleva ese número, la cual muchas veces les ha quedado grande a unos cuantos en todos los niveles.

“¡El 9 al área!” solían gritar los veteranos de hace unos años cuando no entendían que el técnico le había entregado la camiseta con ese número al cuarto volante y este cumplía otra función. No estaban en desacuerdo con la función, pero sí con el número otorgado, porque entendían que el partido lo define el 9, destinatario de las paredes dentro del área con el 10, del pase en cortada a espaldas de los centrales metido por el 8, y de los centros a la carrera enviados por los punteros o por los laterales que se mandaban al ataque. El 9 era el faro referencial del juego ofensivo. Y el Tanque Müller, que acaba de cumplir hace poco sus 75 años de edad, era un 9.

Podría empezar a describirlo desde lo que no fue, porque quizá así no solo resulte más gráfico, sino que ofrezca una verdadera dimensión de sus virtudes.

Está claro que no tuvo la plasticidad felina de Eusebio, la famosa “Pantera de Mozambique”, tampoco la versatilidad del holandés Van Basten ni la acrobacia del mexicano Hugo Sánchez, pero mi Viejo, testigo presencial del fútbol mayúsculo del país en los ’40, cuando lo vio a Müller en los ’70 me dijo: “No será un Pontoni pero es letal”. Decir eso, nombrando al enorme René Pontoni, para muchos el mejor centrodelantero argentino de todos los tiempos, era todo un elogio y una clara demostración de la ubicación que mi Viejo le otorgaba al goleador alemán.

Müller no era sutil, pero era ingenioso para encontrar, en una fracción de segundo, la forma de resolver satisfactoriamente una situación complicada. No era un hábil gambeteador, pero sabía amagar para desacomodar a los marcadores y hacerse el espacio necesario. No era alto, pero ganaba arriba a pesar de la estatura de los zagueros rivales. No era, en definitiva, un espectáculo visual de virtuosismo técnico, pero era goleador y allí sacaba la diferencia con el resto.

Con 80 kilos repartidos en apenas 1,74 metros, pétrea cabeza, tórax expandido y piernas macizas, no daba el aspecto de un futbolista capaz de poder manejarse exitosamente en espacios reducidos ni de hacer suyo el espacio aéreo en disputa sino más bien la de un bárbaro transportado en el tiempo.

Nacido en  NördlingenBaviera, el 3 de noviembre de 1945, perdió a su padre a los 15 años de edad y debió salir en búsqueda de un empleo para ayudar a su familia. Encontró trabajo en una hilandería y el TSV de su ciudad fue su primer club donde empezó a formarse como futbolista.

A mediados de 1965, luego de finalizada la temporada 1964-65 y cuando aún contaba con 19 años, ya era un goleador temible que año a año había incrementado su eficacia. Pero era un goleador de TSV Nördlingen, lo que no era lo mismo que serlo en las grandes ligas. En consecuencia, hubo varios interesados en contratar sus servicios, pero otros tantos escépticos que no lo consideraban con un futuro promisorio en la alta competencia.

Las dudas que se planteaban en la mayoría de los clubes que lo buscaban le dio el tiempo suficiente a Walter Fembeck para ganarles de mano y llevarlo al Bayern Múnich, institución de elevado prestigio en Alemania y en toda Europa.

Y allí apareció el gran Gerhard, con su físico morrudo, ligeramente retacón que hacía parecer a sus gruesas piernas como demasiado cortas, mezclándose entre los esbeltos y atléticos rubios del plantel rojo. “Un oso entre caballos de carrera”. Así lo definió un alto directivo ante la primera impresión visual. “¿Eso compramos?” Se preguntaba otro, visiblemente horrorizado. Estaba claro que no tenía la facha del inglés George Best, ni la elegancia del juvenil Johan Cruyff, que había aparecido en el Ajax de Holanda. No obstante, los alemanes adoraban a Uwe Seeler que, de hecho, era más bajo que Gerhard y parecía más regordete todavía, pero era un 9 goleador que había dejado su sello en los mundiales y eso le daba cierto crédito al recién llegado.

No necesitó mucho para renovar el crédito. Sus 15 goles en 33 partidos en su primera participación en la liga alemana acallaron las críticas.

Al año siguiente ya era hombre de selección. Con 28 goles en 32 partidos de Liga, 7 anotaciones en 4 encuentros por copas, y 8 conquistas en 9 cotejos con la selección, cerró la nueva temporada con un total de 43 goles en 45 partidos y un promedio de 0.91 goles por partido.

En mitad de esa temporada, más precisamente en diciembre de 1966, Racing Club de Avellaneda inauguró la iluminación en su estadio e invitó a Bayern Múnich para disputar un encuentro amistoso. El albiceleste, dirigido por José Pizzuti acababa de coronarse campeón y con una formación integrada por: Carrizo; Martín, Chabay, Basile y Rubén Díaz; Rulli, Mori y J.J. Rodríguez; Martinoli, Cárdenas y Maschio, les hizo frente a los alemanes intentando imponer su condición de campeón desde un principio, pero a los 10’ ya ganaba el Bayern con gol de Müller, delantero que tuvo a maltraer toda la noche al Chabay y Basile. De hecho, al comienzo del segundo tiempo también marcó el segundo para la visita, aunque finalmente Racing se impuso por 3 a 2.

En la siguiente temporada Müller siguió convirtiendo y de la mano de sus goles comenzaron a llegar los triunfos en serie al tiempo que Gerhard sumaba lauros como máximo anotador.

Tras ganar la Bundesliga 1968-69, en la temporada siguiente el Bayern fue subcampeón, aunque el Tanque marcó 38 goles en 33 partidos de ese torneo, marca que, si bien no alcanzó para repetir el título, lo erigió en gran esperanza de la selección germana en el Mundial de México de 1970. No defraudó. Fue el goleador de esa Copa con 10 anotaciones, aunque su equipo cayó en semifinales en Italia en tiempo suplementario.

Para fin de ese año volvió a visitar la Argentina con el Bayern disputando un amistoso frente a la selección local en cancha de Boca.

Santoro; Suñé, Perfumo, Laraigneé y Carrascosa; Madurga, Nicolau y Tojo; Marcos, Yazalde y Verón fue el equipo argentino.

El Toro Franz Roth abrió la cuenta para la visita, pero Yazalde anotó por dos y puso a Argentina al frente. Sin embargo, apareció Müller y con dos conquistas dejó el partido 3 a 2 para el Bayern, aunque al final ganó la selección albiceleste por 4 a 3 con goles de Verón y “el Chango” Gramajo que había reemplazado a Marcos, cerrando una hermosa fiesta del fútbol.

Müller siguió bombardeando Europa con sus goles y, apodado como: “El Bombardero de la nación” tuvo su gran revancha internacional en 1974 durante el Mundial que se disputó en su país. Allí, defendiendo la casaca de Alemania Occidental, selección a la que pertenecía, se llevó la ansiada copa con un gol decisivo en la final ante el gran equipo del momento: Holanda.

En ese Mundial, Gerhard marcó 4 goles y sumó un total de 14 por Copas del Mundo.

Campeón de la Copa Europea de Clubes Campeones entre tres ocasiones consecutivas con el Bayern (1974-76), ganó también la Intercontinental de 1976, la única que disputó el equipo, dado que en 1974 y 1975 la dirigencia de la institución roja no quiso jugarla.

Para entonces, con 31 años era el único jugador que había marcado goles en finales de Copa del Mundo y Eurocopa de Naciones con la selección nacional, y Copa Europea de Campeones y Copa Intercontinental con su equipo, récord que todavía sigue vigente.

Se mantuvo en el Bayern hasta la temporada 1978-79, donde emigró a los Estados Unidos a cerrar su carrera, dejando un registro de 494 goles en 526 partidos disputados con el equipo rojo, entre torneos locales y copas internacionales, durante 14 temporadas consecutivas, y una marca de 74 goles en 85 partidos con la selección alemana.

Ese fue Gerhard Müller como futbolista profesional activo. Un goleador de raza, único en varios aspectos. Con poca pinta de crack, pero enorme efectividad a la hora de enviar el balón al fondo del arco adversario. De piernas gruesas y relativamente cortas, pero capaz de afirmarse en ellas para elevarse y ganar de cabeza o hacerse espacio y sacar, desde cualquier perfil y aún desde posiciones hasta incómodas, un remate poco ortodoxo pero letal que terminaba siendo inalcanzable para los arqueros.

Una figura sobre quien el gran Mario Kempes dijo: “Era hábil en el área y tenía olfato goleador. Hacía goles increíbles y le daba a la pelota un efecto rarísimo.” Mientras que César Luis Menotti, analizando el juego de Müller, expresó: “Tiene una gran disciplina táctica y una obsesión por el gol que le despierta un olfato especial para anticiparse a la jugada y llegar una décima de segundo antes que los defensores. Esa es su gran virtud: piensa y resuelve antes.”

Esa es la imagen que dejó Gerhard Müller en su fulgurante trayectoria. Un goleador por el que, siendo un pibe que me devoraba las publicaciones deportivas, me hice hincha de Bayern Múnich, lo que le agradeceré por siempre.

Roberto F. Rodríguez.

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