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La mujer del vuelo eterno

Ayer, mientras escribía esta columna y repasada las efemérides de la semana, advertí que el 24 de julio era una fecha aniversario del natalicio de una gran mujer: Amelia Earhart, nacida en 1897 en Atchison, estado de Kansas, en los Estados Unidos de Norteamérica.

Amalia fue la aviadora más famosa de todos los tiempos, cuyo trágico final agigantó la leyenda.

Su lucha por ser mujer y tratar de pilotar aeroplanos resultó titánica como la de otras damas que buscaron un lugar que en sus tiempos les era mezquinado por su condición femenina. Pero Amelia triunfó y en 1928 se convirtió la primera mujer en cruzar en vuelo el Océano Atlántico, aunque no como piloto como hubiese querido, pero su prestigio se elevó lo suficiente y en 1937 decidió llevar a cabo una proeza mayúscula: ser la primera mujer en dar la vuelta al mundo en avión siguiendo la ruta más extensa, vale decir: la línea del ecuador.

El siglo XX había visto en sus albores la aparición del fantástico invento de los hermanos Wilbur y Orville Wright: el aeroplano. A partir de ese glorioso momento, el hombre buscó dominar el espacio aéreo abriendo nuevas rutas para la comunicación y generando una mayor velocidad en los traslados respecto de los medios de locomoción conocidos hasta ese entonces.

Surgieron nombres de grandes aviadores y de intrépidas figuras que procuraron dejar marcados sus records en la historia mundial. Algunos lo lograron. A otros se los impidió la tragedia. Incluso hubo quienes desaparecieron sin ser hallados jamás.

Nuestro país tuvo en el ingeniero Jorge Newbery a un verdadero abanderado de la actividad aeroespacial, pero su penosa muerte en un accidente aéreo truncó una vida llamada a lograr enormes hazañas. La posta la tomó el pehuajense Pedro Zanni, por entonces en la Aviación del Ejército Argentino, quien llevó a cabo numerosas proezas de enorme repercusión internacional, incluyendo el intento de circunvalar el planeta con su avión en 1924 que, por diversas razones, entre ellas la destrucción de dos aeronaves, quedó trunca aunque constituyó todo un record el raid cumplido entre Ámsterdam y Tokio.

Pilotos de otros países también lo intentaron pero solo parte de una escuadrilla estadounidense lo consiguió, aunque volando más cerca del círculo polar ártico que de línea del ecuador.

En esos años ’20, luego de concluido el conflicto bélico conocido como: la Primera Guerra Mundial, también se tomaba como un desafío el cruce del Océano Atlántico en sentido desde América hacia Europa, empresa que cobró suficientes vidas humanas como para que otros desistieran pero finalmente Charles Lindbergh, un joven estadounidense de 25 años de edad, lo consiguió volando en solitario en 1927 a bordo del Spirit of Saint Louis.

Muchos otros vuelos unieron diferentes puntos del globo terráqueo, arribando a sitios donde jamás había aterrizado un avión. Pero la actividad seguía dominada por representantes del sexo masculino. De allí que Amelia Earhart se decidiera a poner en marcha el sueño de circunvalar nuestro planeta.

Sabía a lo que se exponía pero confiaba en sí misma. Incluso había dado pruebas concluyentes de su pericia cuando a comienzos de 1935 voló, absolutamente sola, entre Hawái y California, cubriendo una distancia mayor a la que separa a los Estados Unidos del Viejo Continente.

Con varios records obtenidos puso manos a la obra, consiguió la ayuda necesaria y cuando se aproximaba el verano de 1937 en el hemisferio norte, partió al comando de un bimotor Lockheed Electra, acompañada por un copiloto y navegante, su compatriota el capitán Frederick J. Noonan.

Los vieron despegar desde Miami con primer destino en Puerto Rico. Iban felices y seguros, cargados de ilusiones, autoconfianza y sueños de éxito mayúsculo. La prensa siguió el derrotero sobre los diferentes territorios que observaron el vuelo de la plateada aeronave.

Tras sobrevolar territorio venezolano tomaron la ruta del ecuador y llegaron al África, tierra que atravesaron cruzando también por encima del Mar Rojo para entrar en cielo asiático. Después de 30 días desde su partida de Florida, tras agotadoras horas de vuelo continuo, diversas escalas y algunos retrasos por ciertos imponderables, habían recorrido más de 35.000 kilómetros pero restaban todavía más de 11.000 cuando llegaron a Papúa, Nueva Guinea, en Oceanía.

El objetivo marcado era regresa a los Estados Unidos el 4 de julio en que se celebra el día de la independencia nacional de ese país. Todavía era posible. El 2 de julio, apremiados por la fecha fijada para la finalización del fantástico raid y muy a pesar del mal tiempo reinante, el avión decoló teniendo como destino Howland, una pequeña isla en el Pacífico desde donde continuarían vuelo hacia Hawái. Esto los alentaba porque sabían que estaban relativamente cerca pero además, Amelia ya había volado desde Hawái a California. La hazaña comenzaba a tomar forma definitiva, aunque se le aconsejó que no descendiera en aquel pequeño islote debido a que resultaría muy difícil divisarlo desde la altura debido a las condiciones climáticas y a las escasas dimensiones del terreno. Amelia desoyó el consejo, confiando en la comunicación radial que podía mantener con el buque norteamericano “Itasca”, conocido guardacostas que navegaba la zona, cuyo comandante podría brindarle las indicaciones necesarias para ubicar la isla desde el aire y tener así el aterrizaje deseado. La idea no era descabellada pero no todo suele salir siempre como se planea. Un problema en el sistema de comunicación impidió transmitir desde el buque aunque en el “Itasca” se recibía claramente la voz de Amelia. En principio solicitando información, luego insistiendo con preocupación y finalmente indicando que estimaba estar volando por sobre dicha embarcación pero que no conseguía verla y el combustible estaba agotándose. Al menos eso fue lo último que se reportó como haber sido oído en el barco mencionado. Después: el silencio. Aquel atardecer claro se hizo noche rápidamente sobre el Pacífico y la noche se devoró al avión y sus dos tripulantes. Nunca se encontraron los restos de la aeronave que, se presume cayó al mar, ni los cuerpos de Amelia y Frederick que, de haberse salvado, habrían perecido luego como náufragos. No obstante, hay muchas conjeturas al respecto que van desde una basada en la suposición que llegaron con vida a una isla desierta e intentaron infructuosamente comunicarse con la civilización, muriendo abandonados allí tiempo después, hasta otra que indica que fueron capturados como prisioneros por los japonés y murieron encarcelados. Sin embargo, hace un par de años, una prestigiosa publicación internacional de antropología forense difundió que unos restos humanos hallados en 1940 en la isla Nikumaroro, en el Pacífico, corresponderían a la desafortunada aviadora de fama mundial conforme a los análisis realizados con los adelantos tecnológicos que se cuenta en estos tiempos; mientras que en 2014 fueron hallados fragmentos del fuselaje de una aeronave que podrían pertenecer al avión desaparecido con Earhart y Noonan. También se sabe de una fotografía tomada en una isla del Pacífico en el tiempo de la desaparición donde se observa, junto al mar, a una pareja, de espaldas que, por cortes de cabello y vestimenta, consideran que se trata de Amelia y Frederick luego del naufragio. Aún así, todo sigue siendo un gran misterio que envolvió a esos dos tripulantes para dejarlos en la historia. Una historia que esa mujer, de 39 años entonces, había empezado a escribir como la más famosa aviadora del mundo. Una mujer, de la que ayer se cumplió un nuevo aniversario de su natalicio y consideré justo y oportuno recordarla.

¡Feliz fin de semana!

Roberto F. Rodríguez.   

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