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12 de agosto

Un día como hoy, pero de hace exactamente 58 años, quedó inmortalizada la fecha para siempre en la vida de los pehuajenses, porque se vivieron horas que nadie pudo olvidar.

Parecía un domingo más, y sin embargo fue “el domingo”, el de la infausta noticia que golpeó impiadosamente a nuestra gente que, desde entonces y durante el resto de sus vidas, recordarían en detalle dónde se encontraban y qué estaban haciendo en el momento de enterarse de lo ocurrido.

Pero retornemos en el tiempo y revivamos aquellas horas del domingo 12 de agosto de 1962.

Es un mes que no ha empezado bien desde lo climático. Los días no van acorde al deseo general de ver llegar la primavera. Jorge Eduardo Farabollini, ya es una figura reconocida en la pléyade del automovilismo nacional y desde hace dos años se encuentra entre los mejores pilotos del turismo de carretera, la categoría más popular en el país. Es ganador. Sabe de las mieles del triunfo, porque las conoció en Arrecifes el año anterior, pero necesita mantenerse arriba y eso requiere esfuerzo, trabajo constante, dinero y una cuota de suerte. En los dos primeros puntos no tiene problemas. Está dispuesto a seguir esforzándose al máximo como cada día y hacer del trabajo en su taller un apostolado, como ha sido siempre. En cuanto al dinero, la cosa no viene bien. Y en lo que respecta a la suerte, no es algo que él pueda decidir. Pero confía y esa confianza no solo se transmite a todo su equipo sino también al pueblo, a su pueblo que espera verlo victorioso nuevamente, ahora en la llamada “Vuelta de Junín”, trazada sobre un circuito mixto con tramos de tierra y otros de pavimento. Nada nuevo.

Por eso los preparativos han sido rutinarios y el querido Gringo se ha hecho un tiempo el día sábado para visitar la peluquería y emprolijar su imagen con el acostumbrado corte de cabellos. Incluso allí ha sido interrumpido por uno de sus colaboradores que, enterados de la lluvia caída en la zona y particularmente en los lugares por donde pasará la carrera, lo consultan sobre posibles disposiciones de cambios en la preparación habitual.

Todo parece estar en orden, aun cuando ya se sabe que debido a las lluvias se ha modificado el recorrido de la competencia, evitándose los tramos de tierra, por lo que el nuevo trazado incluye viaje de ida desde Junín hasta 9 de Julio pasando por Chacabuco, Chivilcoy y Bragado, y retorno, luego de una neutralización, hacia Junín desandando el mismo trayecto, ahora en sentido inverso, pero siempre sobre pavimento.

La oscuridad inicial del domingo ve partir al grupo de Jorge por la ruta 5. Unos hacia Junín, otros hacia los distintos puestos donde estarán ubicados los auxilios.

La carrera se inicia en el horario previsto y respetando el ranking, partiendo primero Emiliozzi, seguido de Oscar Gálvez, Armando Ríos, Angel Meunier, Juan Gálvez y Jorge Farabollini, quién larga con el número 8 pero en la sexta posición, dado que Rolo de Alzaga y Juan Carlos Navone, no participan.

Los Gringos de Olavarría, manteniendo su posición en ruta, llegan primeros a 9 de Julio, pero al computarse todos los tiempos se determina que el líder de la competencia es Ríos, escoltado por Juan Machado y Oscar Gálvez. Juan Gálvez ha abandonado y Jorge llega luchando más contra su propio auto que contra sus rivales, debido al eterno problema en la recuperación de aceite.

Se habla de abandonar pero en el equipo se considera que si el único problema es el mencionado, se puede encontrar una solución y seguir. Además las finanzas aprietan y aunque está la promesa de Roberto Toquero para brindar al “Ciudad de Pehuajó” el apoyo de ATMA, empresa que patrocinaba a Juan Gálvez, se hace necesario obtener un premio en dinero ahora.

Farabollini vuelve, después las conversaciones, con todos sus bríos. Quiere seguir. Quiere ganar. Quiere volar.

Ubican un cajón con latas de aceite detrás de los asientos, junto a las herramientas, para ir paliando el problema desde adentro con un sistema armado al efecto.

Cumpliendo la orden, Jorge larga en el regreso. Lo acompaña Horacio Alice, piloto casarense que ya tiene su Chevrolet casi listo para conducir en pocos días, por lo que supone ésta será su última carrera junto al Gringo. Lo supone y no se equivoca, aunque ignora la desgracia que está por venir.

En el tramo hasta Chivilcoy Farabollini vuela y recupera posiciones. Se pone muy cerca de Machado que va detrás de Meunier. La carrera es frenética y el público saluda eufórico a los ases del volante que pasan a toda velocidad.

El pehuajense sabe que solo restan unos cien kilómetros para terminar la competencia, pero es en el tramo de la ruta 30 hasta Chacabuco donde tendrá posibilidades de mejorar su colocación pisando el Ford a fondo. En Chivilcoy es asistido con combustible por sus colaboradores y desde allí parte mucho más resuelto que al inicio de la prueba. Se juega el resto y tras los primeros kilómetros le da alcance a Machado. El final está cerca, pero nadie lo imagina.

Llegando a Palemón Huergo, el piloto de Areco aminora levemente su marcha y Jorge se tira a pasarlo sin ver, obstaculizado por la máquina de aquel, que Machado aflojó al encontrarse con una curva hacia la derecha que no se animó a tomar como venía. El Gringo lo ve recién cuando su máquina está casi a la par de la de su ocasional adversario pero es en ese momento, en que temiendo irse hacia el lado del público, el de Areco volantea hacia el medio y cierra el paso a Farabollini que no puede ya superarlo ni tampoco tirarse a quedar detrás. Entonces comienza el drama.

Machado, que está haciendo la mejor carrera de su vida, logra salir de la curva, acelera y se pierde adelante buscando alcanzar a Meunier. Jorge no puede evitar que parte de su auto toque la barrosa banquina del lado izquierdo y pierda estabilidad. Intenta enderezarlo y aunque lo sube todo al pavimento, la máquina se cruza, se va hacia la otra banquina deslizándose peligrosamente sobre el cenagoso terreno. El Gringo se aferra al volante y más que pilotar parece que está jineteando al más bravo de los reservados. Pero la lucha es hombre y máquina, y tras un salto fatal, el auto se clava de punta y comienza a dar una serie de tumbos que parece interminable. Jorge, golpeado en su cabeza por algunos de los pesados elementos que estaban detrás, suelta el volante. Una puerta se desprende y vuela. Un cuerpo sale despedido por la abertura. Es Jorge, quien cae pesadamente sobre la tierra aún muy húmeda y su rostro se incrusta de perfil en la superficie dejando una impronta como si su figura hubiera sido copiada a la perfección por un artista. La máquina sigue rebotando y deformándose cada vez más, bajo el tétrico sonido del rechinar de hierros que se doblan como si hubiesen perdido toda su dura conformación. Y en ese desafortunado derrotero pasa por encima del cuerpo de Jorge y lo hunde más todavía.

Otros fragmentos del auto se dispersan por doquier pero Alice aún permanece dentro. Herido, pero vivo. Es lo único que sabe, porque ignora su futuro inmediato.

Cuando finalmente el inolvidable Ford amarillo y azul queda detenido, surge un segundo de silencio que parece eternizarse en el tiempo. Como si lo paralizara desde ese momento. Lo que sigue es angustia y desesperación. Gritos, lágrimas, corridas febriles que empujan a hacer algo pero sin saber qué hacer realmente.

Mientras tanto la competencia continúa. Las máquinas siguen pasando. Ya no hay euforia y hasta podría afirmarse que casi nadie las ve en ese fatídico sector.

Cuando llegan los primeros espectadores al lugar del siniestro, Jorge sigue tendido, con una terrible herida en la cabeza, y con su cuerpo sobresaltándose con algún espasmo profundo. La imagen resulta escalofriante. Pero algo hay que hacer y con la presencia del vecino Jorge Santiago Zunino que trae su Jeep, suben al Gringo malherido al asiento trasero y ubican a Alice, ya rescatado de los fierros y con una pierna destrozada, en la caja. Para entonces Meunier, que ha visto el desastre por su espejo retrovisor, ha abandonado la carrera regresando al lugar del infortunio y, a partir de allí, oficia de coche piloto abriendo paso al Jeep camino a un centro asistencial. Todo es demasiado angustiante y peligroso porque deben emprender viaje a contramano de la carrera que aún no ha terminado. Son unos 20 kilómetros que se hacen interminables. Farabollini busca aferrarse a la vida que parece escapársele a cada metro que recorre, mientras la imponencia corroe a quienes lo trasladan y desespera a los que aguardan noticias.

El auto de Meunier llega bramando, pero todo parece confundirse en el aturdimiento que imponen las circunstancias y no permiten razonar con la precisión deseada. Lo cierto es que testigos no dudan en afirmar que Jorge ha llegado con vida al I.M.O. (Instituto Médico del Oeste). Nace una esperanza. Se agiganta la incertidumbre. Pehuajó se paraliza. Sufre y espera. Dicen que llevarán al querido Gringo a Buenos Aires vía aérea para una atención especializada. Una aeronave es rápidamente acondicionada. La caravana parte del I.M.O., acompañando la ambulancia que traslada a Jorge. El aeródromo no está cerca pero parece mucho más lejano todavía. Llegan. Pero no todos. De Jorge solo llega su cuerpo inerte. Sus signos vitales se han apagado en el camino. Lágrimas de dolor brotan, incluso, de los ojos de hombres fuertes, acostumbrados al rudo trabajo de pelear la vida desde la posición en que les toque, capaces de soportar en silencio y seguir. Pero esto es devastador. Se ha ido trágicamente un embajador deportivo, un ídolo, un amigo, un muchacho bueno que puso el nombre de Pehuajó en todo el país. Entonces se confirma la noticia que nadie hubiese querido dar ni escuchar: Ha muerto Jorge Eduardo Farabollini.

Lo que sigue después pasa como en un suspiro.

Pehuajó llora y aguarda, ya sin consuelo, la llegada de los restos mortales de quien había sido el dueño de sus domingos.

La tarde parece pretender alargar su última claridad y horizonte rojizo torna mucho más triste el atardecer pehuajense, cuyo pueblo acudirá a dar el último adiós al ídolo en la capilla ardiente levantada en su domicilio de calle Gutiérrez al 1145, dando lugar a una de las máximas demostraciones populares. Una multitud acompañará sus restos al día siguiente, cuyo féretro será llevado a pulso hasta la parroquia San Anselmo donde recibirán el responso correspondiente. Las calles se poblarán de gente y desde el cielo, aeronaves arrojarán flores testimoniando fúnebres honras para quien ha sido el deportista con mayor predicamento de todos los nacidos en esta ciudad. Un hombre, una figura del deporte, un vecino, y por sobre todas las cosas, un pehuajense que dejó marcada a fuego en nuestra historia la fecha de su partida: el 12 de Agosto. Un día como hoy, pero de hace 58 años.

Roberto F. Rodríguez.   

 

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