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El Adiós a Juancito

Las horas difíciles que atravesamos suelen tornarse más difíciles aún cuando vemos despedir a vecinos conocidos. Personas como todas. Con sus pro y sus contras. Con su presente y su pasado. Con sus historias públicas y privadas.

Hoy le tocó partir a quien fue conocido en nuestro terruño como “el Mana”, aunque su documento de identidad expresara: Juan Pedro Villavicencio, lo que cariñosamente derivó en el tierno apodo de: “Juancito, el botellero”, dado que ésta fue la ocupación que lo hizo más conocido en la comunidad.

A veces nos preguntamos ¿Cuántos lo hemos visto caminar por nuestras calles con su tranco singular e inconfundiblemente ataviado? ¿Cuántos lo hemos saludado y recibido su amable respuesta? Muchos. Seguramente muchos de verdad. Pero esa aseveración trae otra pregunta por añadidura: ¿Cuántos lo hemos escuchado? Entonces vemos que ahí se reduce el número de manera ostensible. Porque ese hombre que transitó durante muchos años las calles, tuvo una historia que –según contó alguna vez– lo marcó para siempre. Fue durante los convulsionados meses de 1955 cuando siendo muy niño vio despedirse a su padre que, como miembro de la policía, marchó junto a otros muchos camaradas hacia el foco de las acciones en el centro porteño, dejando un abrazo como saldo y una esperanzadora mirada hacia un posible retorno en poco tiempo.

Esa despedida, los crueles acontecimientos vividos en la Capital Federal y toda la información que llegaba, llevaron a la madre de “Mana” a permanecer en la capilla Nuestra Señora de Luján, rezando incontables horas. Y “Mana” dijo haber estado allí.

Con el tiempo supo de aquellos crueles episodios y de la muerte de inocentes, en particular, niños en edad de preescolar, motivo por el cual, muchos años después y cuando estuvo al alcance de sus anhelos, decidió visitar los Jardines de Infantes llevando regalos y bregando porque se cuide a todos los niños.

La fría noticia dice que hoy ha muerto “Mana”, un vecino muy particular. Un hombre que, durante mucho tiempo recorrió las calles luciendo orgulloso la casaca de Boca Juniors, el club de sus amores, pero en los últimos años lo hizo con la camiseta de River Plate, demostrando un diametral cambio que parece inexplicable para todo apasionado del fútbol, porque como expresó el escritor Eduardo Galeano: “Un hombre puede cambiar de muchas cosas pero no de equipo de fútbol.”

Pero “Mana” cambió, y lo hizo –según sus palabras– “por gratitud”. Así de sencillo. La explicación lo remonta a un duro momento de su vida cuando, aún muy joven, debió saldar una deuda con la justicia en un instituto carcelario de Mercedes en 1970, hace medio siglo. Y fue en ese tiempo cuando apeló a las artesanías y construyó tortugas que enviaba para vender, las que, reconocidos hinchas de River Plate de nuestra ciudad cuando acababa de fundarse en Pehuajó la Filial de la entidad de Núñez, se encargaron de comercializarlas. Esa mano, invalorable en aquellos días, también le dejó una marca imperecedera y una deuda que decidió pagar de la manera descripta.

Nunca un hincha de Boca llegó tan lejos, salvo –claro está– el famoso “Chungo” Cabalaro, pero por otros motivos.

En cambio lo de “Mana” fue gratitud nacida de su corazón. ¿Acaso fue la excepción que puso a prueba la regla? Imposible saberlo. Solo él, en su interior, supo qué ha sido más fuerte. Solo él. Juan Pedro Villavicencio, “El Mana”, quien acaba de llevarse la respuesta de este mundo.

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