domingo 16 de junio de 2024 - Edición Nº1616

Deportes | 9 feb 2022

Garra oriental


Apareció en el fútbol pehuajense con chapa de jugador aguerrido y vehemente que, por proceder del Uruguay, su patria natal, parecía portar los combativos atributos con que se calificaba al fútbol oriental en los años ’60. Tenía sangre charrúa, es cierto, pero ese no era lo único. MARIO SOSA Mario Sosa Peña, dado que de él se trata, nació en Montevideo, Uruguay, el 5 de agosto de 1948 en el seno de una familia muy humilde, de muchos hermanos, como ha contado alguna vez, debiendo trabajar desde temprana edad para colaborar con la economía familiar. El fútbol lo atrajo desde que era apenas un niño y gastó suelas en potreros de piso irregular, jugando sin parar hasta altas horas, bajo la luz del farol de alguna esquina. Lo probaron en Sportivo Cerrito y quedó en las divisiones menores de la institución, pero debido a su trabajo no podía concurrir a los entrenamientos y dejó. Siguió despuntando el vicio futbolístico en partidos informales hasta que lo llevaron a Peñarol. Allí quedó en el plantel de los juveniles que soñaban con una oportunidad en la primera división de los Mirasoles, máxime en esos tiempos, en los que Peñarol era un permanente animador y asiduo finalista de la Copa Libertadores de América. Pero la vida lo llevó por otro camino. FUTURO ARGENTINO En 1969 emigró a la Argentina buscando mejores oportunidades y, llegado a Buenos Aires, se empleó, de corajudo, en un taller de herrería artística, aunque no tenía conocimiento, pero voluntad le sobraba y le puso el hombro. El tema era trabajar para vivir. Por eso mantenía un perfil bajo y cuidaba su empleo. Ni hablaba de fútbol. No obstante, un día su patrón lo vio jugar y trató de ubicarlo en Tigre y Racing, pero el uruguayo prefirió esperar. Para entonces, dos de sus hermanos que habían venido a trabajar a Francisco Madero, fueron a buscarlo y lo trajeron a Maderense. CAMPEÓN En 1970 integró el equipo que ganó el campeonato oficial de la Liga Pehuajense de Fútbol (LPF), el cual solía formar con: Oscar “Maravilla” Mattioli, Juan Carlos Britos, Pedro Longo, Rubén Fernández y Mario Sosa; Nerio Guillermini y Jorge Ortega; Jorge Riero, Santos Reyna, Daniel Benítez y Ovidio Zabala, bajo la conducción de Roberto Dirassar. Un plantel con muchos jugadores que venían desde Buenos Aires y que no era fácil de conducir. Ese equipo clasificó para el cuadrangular por el título junto a KDT, Calaveras y Progreso, pero no se definió allí porque Maderense y Progreso igualaron el primer puesto y debieron jugar dos finales. Los de Paso ganaron la primera final en Madero y todo pareció esfumarse para Sosa y sus compañeros, pero después de algunas charlas de vestuario se limaron varias asperezas y Maderense ganó la revancha como visitante, exigiendo un tercer partido. Jugaron en cancha de Calaveras y Sosa, durante gran parte del cotejo, se ocupó de la marca del popular “Nene” Bevilacqua, delantero rival que había tenido a maltraer a todas las defensas (la de Maderense incluida) durante todo el torneo. Sosa jugó al límite, pero cumplió. El título se definió mediante una larga y agónica serie de penales y fue para los de Madero que ganaron el campeonato más sufrido de la historia del club. SAN MARTÍN Luego de permanecer un par de años más en la entidad albiverde, donde quedó muy lejos de repetir el éxito, pasó a San Martín en 1973 para jugar como volante central. Los llamados “porteños” Género e Ibagaza fueron sus laderos. El equipo, pese a contar con calificados valores, no consiguió clasificar para el cuadrangular final. Aun así, Mario jugó un buen torneo y fue convocado al seleccionado lugareña. DE SELECCIÓN Defendiendo la casaca albiceleste ganó un recordado torneo cuadrangular que se disputó en Olavarría, donde el elenco pehuajense venció a la poderosa selección local por 4 a 2 y luego derrotó a Bolívar en definición por penales. Erramouspe, Robert Steinberg, Bartolomé, Héctor Sauco y Sosa; Alanís, Sieza y Bernaule; Rodolfo Pascual, Manuel Hernández y Díaz, fue la formación pehuajense que se llevó el certamen bajo la conducción de Leonel Irazusta. Mario jugó algún partido más, pero no tuvo continuidad en el seleccionado porque su condición de extranjero le impedía participar de los campeonatos argentinos. AZULGRANA En 1974 Sosa pasó a Defensores del Este, donde fue parte del inolvidable tricampeonato. Allí jugó junto a: Erramouspe, Bartolomé, Mansilla, Báez, Rojas, Núbile, Alanís, Moldovián, Borghi, Geloso, Vitángeli, Irigoyen, Martino, Tolosa, Torres, Hernández y Almirón, entre otros. PROYECTO ROJO En 1976, luego del desmantelamiento casi total del plantel azulgrana que había obtenido el tricampeonato (1973/75), Sosa, junto a Báez y Rojas, pasaron a San Martín, cuya dirigencia había logrado conformar un plantel de selección. Roberto De Antón, Huguenín, Báez, Juan De Antón y Rojas; Narváez, Mario Sosa, Sieza y Bernaulle; Zema y Dameno, fue una de las formaciones. Un plantel para ganar el torneo sin discusión. De hecho, el equipo ganó su zona en la fase clasificatoria demostrando ser un virtual campeón, pero para el hexagonal final, el rendimiento exhibido despareció y todo se vino abajo. Se habló de problemas de vestuario y de otras yerbas, pero lo cierto es que San Martín, tras ser primero en la fase inicial, terminó último en el Petit Torneo. CAMPEÓN INVICTO Sosa se había quedado con la sangre en el ojo, pero empezó a madurar la posibilidad de retirarse. Sin embargo, apareció Atlético Mones Cazón con una propuesta de trabajo y futbolística que Mario no pudo rechazar. Incorporado al nuevo plantel, fue pieza clave en una formación que luchó punto a punto el campeonato con un gran equipo de Deportivo Argentino. Ambas escuadras concluyeron la temporada igualadas en el primer puesto del petit torneo, pero finalmente el título quedó para Atlético en una definición histórica que nunca se repitió en la LPF y que fue la aplicación del desempate por el sistema de Gol Averagge, ecuación matemática por la que, la cantidad de goles a favor de un equipo se divide por el número de goles en contra. Y como los de Mones Cazón tenían 21 y 5 respectivamente, y Deportivo 25 y 10, aquellos se llevaron el campeonato sin conocer la derrota, dado que a lo largo de todo el torneo el León jugó 22 partidos, de los que ganó 14 y empató 8. Pereyra, Bartolomé, Sosa, Vuotto y De Lazzer; Capovila, Seracci y Jesús Martín; Irazar, Fidalgo y Eduardo Gelabert, fue la formación más recordada de ese campeón, que tuvo a Juan Carlos Piazza como técnico. JUGADOR Y DT Siguió en Atlético y cerró su trayectoria en Defensores del Este, entidad que había conformado un gran equipo para 1980, donde se destacaban jugadores de mucha experiencia, históricos del club, y jóvenes de enorme talento. Rubén Landaburu, Prieto, Mario Sosa, Héctor Sauco y Rojas; Alanís, Borghi y Osvaldo Tolosa; Canelo, Uriarte y Acosta fue una de las formaciones que comenzó siendo dirigida por don Mario Dubra pero que terminó bajo la conducción del uruguayo Sosa en su doble función de jugador y técnico, además de ejercer la capitanía del conjunto. El equipo tardó en encontrar regularidad de buen rendimiento, pero clasificó para el petit que se dividió en dos zonas y tras ganar su zona accedió a la gran final ante Calaveras que había ganado el otro grupo. El título se dirimió en dos partidos y ambos los ganó Calaveras, venciendo 2 a 1 como visitante y 1 a 0 como local. EL FUTBOLISTA El retiro llegó pronto y Mario Sosa Peña, decidió colgar sus botines. Atrás quedó la imagen de un jugador dispuesto a dejarlo todo en cada partido. Un futbolista que cumplió muy bien su función como volante o como defensor, tanto por los laterales como por el centro de la zaga. Con gran fortaleza física, firmeza en la marca y rapidez en la resolución, fue un jugador de importante regularidad y eficacia que también se las rebuscó con cierto éxito en el juego aéreo. No era elegante pero sí eficiente. Entraba a la cancha a ganar siempre y no solo jugaba concentrado, sino que también solía buscar la desconcentración del adversario, hablándole y molestándolo para “sacarlo” del partido, al tiempo que arengaba a sus propios compañeros, infundiéndoles ánimo y exigiéndoles el mayor esfuerzo posible, aunque no siempre con palabras amistosas sino lo suficientemente pesadas como para generar una reacción que redundara en favor del equipo. Por eso Mario Sosa Peña, el uruguayo, fue un jugador para partidos difíciles. Por el empuje de su temperamento y la incidencia de su personalidad. Un futbolista a quien el público identificó rápidamente con la famosa “Garra charrúa” que había dado al mundo defensores impiadosos que metían miedo, pero Mario se encargó de distanciarse de ello, tal como lo expresó alguna vez: “la garra uruguaya está mal interpretada. Debido a algunos ejemplos de la historia se abarca a todo un estilo futbolístico y no es así. Los uruguayos no entran a la cancha a destruir sino a ganar y no se conforman con el empate. Por eso ponen todo sobre el campo de juego. Hasta la última gota de sudor. Dejan el alma. Eso sí es la garra charrúa.” Roberto F. Rodríguez.
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